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Puede parecer exagerado. Pero esta tarde de quemados cielos al caminante se le antoja que Montoro, desde este otro lado del Guadalquivir, tiene el mismo semblante callado y taciturno que Toledo. En Montoro, como en aquella ciudad castellana, un río ciñe el caserío en un abrazo apretado y duradero. El viajero, en un alarde de generosidad y simpatía, encuentra semejanzas con ésta y aquella ciudad. Se diría que el campanario de la iglesia de San Bartolomé tiene su reflejo en la imponente catedral gótica toledana. Y que el puente de las Donadas, que salva el río entre el casco viejo y el blanco barrio de Retamar, es como aquel otro asido a las orillas del Tajo.
Un alarde de imaginación, bien es verdad. Pero pocas ciudades de Andalucía poseen un aliento tan castellano como esta de Montoro. La villa cordobesa escapa a la tautología mil veces repetida de las tierras andaluzas. Es cierto que fue mora antes que cristiana, que por aquí pasaron romanos y visigodos, que su historia resume lo que tantos otros pueblos del sur de España, pero Montoro tiene algo que la diferencia del resto. El caminante, en su prolongado paseo, encuentra semejanzas con otras comarcas alejadas del sur. Hay calles en Montoro que bien podrían pertenecer a localidades sorianas, leonesas o vallisoletanas. Desde el puente de las Donadas Montoro sintetiza su belleza blanca y roja.
EL CAMINO NUEVO
La historia cuenta que este puente de piedra molinaza, teñido de arenisca roja, fue sufragado en el siglo XV por los vecinos de la ciudad. Los montoreños pusieron su mano de obra y las montoreñas empeñaron sus alhajas. En compensación, la Corona mandó que la fiel ciudad estuviera exenta de avituallar y albergar tropas. Salvado el puente de piedra, el itinerario asciende por la cuesta el Camino Nuevo. El pilar de Santo Domingo de la Calzada está concurrido a todas horas de viejos lugareños. Antiguamente, la fuente era abrevadero para las bestias de carga. Aún hoy algún que otro labriego arrima su mula al agua antes de seguir camino por los cerros moteados de olivares. La Corredera es la calle mayúscula de Montoro. A ambas aceras se alzan casonas ilustres que antiguamente pertenecieron a familias de mucho realengo.
En la Corredera hay comercios de toda la vida. Por las mañanas abren mercerías, confiterías y tiendas de ultramarinos. Hay un establecimiento de mucha fama en la comarca que elabora botas y cabalgaduras de cuero. Hay otro que muestra en su escaparate las últimas novedades editoriales del momento. Y es que Montoro no está dispuesta a quedarse atrás en eso de los tiempos modernos. Pero lo verdaderamente hermoso de esta ciudadela es la plaza de España. De pronto, el caminante sale de las estrecheces de la Corredera y se enfrenta a esta plaza de aires y hábitos castellanos. La iglesia de San Bartolomé está al lado de la Casa Consistorial. Y ésta colindante con una arcada que asciende hasta la recoleta plaza de Jesús. En esta ágora irregular también hay una oficina de turismo donde comentan que las similitudes entre Toledo y esta villa cordobesa ya han dado para muchos escritos y comentarios por parte de gente de mucho predicamento. No está solo el viajero en eso de la imaginación.
EL BARRIO MEDIEVAL
Está recostado sobre un cerro asido al meandro que conforma el Guadalquivir. En la plaza de Santa María hay un museo arqueológico. El centro cultural ha sido instalado en una iglesia que conserva columnas visigodas de gran valor histórico. En los paneles del museo, en los expositores y paredes, los historiadores hablan de la importancia que la villa tuvo en época de pugna y batalla.
En el barrio antiguo está la Casa de las Conchas. Su dueño ha decorado su vivienda, situada sobre las orillas del río Guadalquivir, con miles de conchas. Millones de ellas cubren desde las habitaciones hasta el ancho patio, donde están las azoteas que regalan al visitante una hermosa vista de estos parajes. Esta madeja de estrechas y empinadas calles conduce a templos de mucho porte como el consagrado a Nuestra Señora del Carmen. En sus silenciosas capillas se veneran imágenes barrocas salidas del mejor catálogo de la imaginería andaluza. Al lado está el museo de Antonio Rodríguez Luna, un pintor formado en la escuela de París que legó en los años 50 buena parte de su obra a su pueblo natal.
Montoro está recostada en medio de la campiña olivarera, a espaldas de la autovía de Andalucía. Salvada la trama de plateados olivares la tierra se encrespa, como puerta de entrada al Parque Natural de la Sierra de Cardeña, una prolongación de la maternal Sierra Morena.
En estas rugosidades de medianos cerros sobrevive el bosque mediterráneo. Los caseríos blancos están desparramados en medio de las abruptas laderas. Entre ellos crecen encinas, alcornoques y quejigos. Hay dehesas, muchas dehesas, donde conviven cerdos ibéricos que luego darán exquisiteces culinarias. Lobos y linces se dejan ver, aunque cada vez menos, en los cauces abarrancados de los ríos Yeguas y Arenoso. Cardeña, por su lado, es un pueblo modesto que vive pendiente de la agricultura forestal y de la ganadería. En los últimos años el pueblo se ha abierto al turismo rural, al igual que otros poblachos diseminados por esta vasta serranía, como Azuel o la aldea del Cerezo. |
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