Plano de Montoro
 


 

 

      Montoro está al fondo  
 

"Montoro está al fondo. Es un pueblo viejo en senos de piedra montando a la jaca.

Semeja una banda de blancas palomas posadas a capricho sobre aquellas lastras. Rincones fecundos de Sierra Morena, donde duerme el tiempo y el alma es alma"

Los versos de Manuel Terrín, insigne poeta montoreño, definen la esencia del pueblo de Montoro, un pueblo de rancio abolengo, labrado en tres senos o cerros de piedra molinaza, que encierra rincones fecundos, en cuya visita el alma se serena y el tiempo pasa inadvertidamente.

Montoro es conocida como la "Bella Escondida", pues el que pasa por la Autovía Córdoba-Madrid, sólo ve algunas casas desparramadas, que no le sugieren el fascinante espectáculo que se contempla a unos trescientos metros. También, por asentarse su casco urbano sobre una espina rocosa, figurando así, una montaña de casas, rodeada por un cerrado meandro del río Guadalquivir, se la ha venido a llamar el "Toledo Andaluz". Tras dejar atrás los Jardines de la Virgen de Gracia, con piedra dedicada a Esculapio Augusto, llegamos al Realejo (llamado así para conmemorar la parada que en ese lugar hizo Felipe IV). De repente, nuestras pupilas son impactadas por un pasaje de ensueño, de vital cromatismo: arquitectura de casas colgantes, superpuestas; terrazas y tejados de escalonada caída; esplendente polocromía de molinaza y cal en el espejo del río reflejada. Las aguas del Guadalquivir abrazan tortuosamente los sillares bermejos y prietos del pueblo.

El hermoso PUENTE de las Doncellas o de las Donadas (las damas del pueblo donaron sus joyas para su construcción) lo cruza uniendo el Retamar, belén perenne de pinos coronado, con el casco urbano de dominante torre centenaria. Todo el deslumbrante y cromado poliformismo arquitectónico puede contemplarse bajo una perspectiva más amplia desde el LLanete de los Moros, privilegio atalaya, anfitrión de los distintos pueblos que pasaron por estos parajes: Homo Erectus hace unos 100.000 años, los coetános del hombre de Neanderthal, unos 500 años en pleno Paleolítico Medio, o los hombres del Neolítico, ya en plena transición a la Edad de los Metales, según atestiguan las hachas encontradas en el cerrillo del Moro o Palomarejo, monte gemelo del LLanete de los Moros en cuya falda -junto a la Cruz Chiquita- se abrían la puerta principal de la muralla defensiva de la antigua Épora romana.
 
 

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